Turismo de ecología para los duranguenses11 min read

Con información del Sol de Durango

El estado de Durango posee una de las extensiones más grandes de territorio serrano en el país, es la principal reserva de bosque en México y su madera se exporta a otras latitudes del planeta, sin embargo, la Sierra Madre Occidental dentro de los beneficios ecológicos y económicos, brinda a nuestro alcance otro: el turismo de ecología.

Sorprendentes panorámicas de naturaleza pintada de distintas tonalidades de verde; diversidad de pinos que custodian como gigantes inamovibles el perímetro amurallado de montañas, cerros y caminos que esconden parajes donde se coexiste directamente con la tierra y el agua: el proyecto Sierra Madre y la Red de Ecoturismo del Estado ofrece parte de esto para los duranguenses.

El viaje comenzó a las seis de la mañana del pasado sábado, un autobús de modelo indefinido como sacado de un filme futurista de tema apocalíptico nos esperaba en las instalaciones de la Unidad Administrativa; el grupo de reporteros se comprendió de más de una docena: cámaras de video y fotográficas, grabadoras, libretas y micrófonos, servirían de arsenal para “enfrentarnos” a la belleza y magnificencia de lo que la naturaleza nos da para vivir y admirar, sin pedir sólo a cambio nuestro respeto para continuar equilibrada su eterna existencia.

LA MURALLA.- La primera parada sucedió en el paraje ecoturístico y cinegético La Muralla. A esta se ingresa por el poblado El Pino ubicado a carretera libre a Mazatlán; a poco más de veinte kilómetros hacia dentro, con rumbo al ejido Salvador Allende, se halla este paraje que tiene catorce años de prestar servicios de esparcimiento natural y caza de guajolote y venado cola blanca.

Once cabañas de características ecológicas, en tamaño, chica para cuatro personas, mediana para seis y grande para ocho o diez, se encuentran repartidas a distancia considerable para dar privacidad en el alojamiento, además de un albergue para grupos de hasta treinta y dos personas.

Este paraje presta los servicios de tirolesa de doscientos metros de ida y doscientos veinte de regreso, un área de retos de altura de las tres más grandes que se encuentran en otros centros de este tipo en el país, comedor y salón para realizar eventos con capacidad para más de ciento veinte personas y un área al despoblado para acampar en tiendas.

Además los prestadores de este servicio ofrecen recorridos nocturnos y pláticas sobre la apreciación estelar. En definitiva es un lugar donde se puede permanecer días sin la preocupación de lo que ocurra alrededor del mundo, con un servicio y trato dados por lugareños basados en amabilidad y buena atención.

Ahí nos sirvieron un desayuno de oriundas gorditas de maíz verde y distintos guisos, posteriores a fruta y yogurt, luego de esto el presidente del consejo administrativo de este ejido de 3 mil 233 hectáreas, Roberto Meléndez dio una explicación de cómo y cuándo nació este proyecto y la vocación del mismo, de lo que destaca que es una iniciativa de particulares que ha dado trabajo y movimiento económico a buena cantidad de personas del poblado Salvador Allende.

OTINAPA SIERRA CAMPS.- Luego de que el grupo disfrutó de las actividades que se pueden realizar en La Muralla, abordamos el autobús todoterreno con dirección a Otinapa. Asfalto, luego terracería, de nuevo asfalto. Llegamos a Sierra Otinapa Camps, un cercado de diez hectáreas que comprende de cinco casas campestres dos chicas, una mediana y dos grandes, para cuatro, seis y ocho personas respectivamente, además de un espacio para acampar, dos vagones de tren ubicados en esta misma área donde también se puede pasar la noche, estos últimos muy atractivos para vivir una experiencia diferente al pernoctar a campo abierto.

La vocación de este rancho es diferente a la de otros parajes, explicó Rafael Sarmiento, propietario del lugar, quien recibió al contingente asistido de jóvenes capacitados en la práctica de deportes de aventura y actividades de integración.

Platicó que la diferencia radica en que en este racho se va a vivir una experiencia interactiva con la naturaleza, porque se acondicionan itinerarios de actividades según sean los requerimientos del cliente, grupos o familias, para que la estancia en Sierra Otinapa Camps produzca un gozo con lo que el exterior ofrece y aprendizaje a la vez, de lo mucho que la Madre Naturaleza tiene para nosotros.

La experiencia también se puede disfrutar con la monta de caballos, paseos en bicicleta, tirolesas que arrancan a los quince metros de altura y la más larga recorre ciento cuarenta metros, actividades para los pequeños con animales de crianza, tiro con rifle de postas y arco y un extenso repertorio de pasatiempos con los que grupos de todas las edades y características -en los que se incluyen de escuela, empresas y familia- seguro cambiarán la percepción de lo que es pasar “algunos días en la sierra”.

Literalmente dimos gracias por los alimentos. “Yoshi” uno de los animadores del lugar, nos hizo corear “el rap del agradecimiento” y luego de insertar un aro en un cono de los anaranjados a distancia de un metro y medio, recibíamos el pase para el comedor. Bufet de discada, arroz blanco, chicharrón prensado, rajas con queso y frijolitos, con unas exquisitas tortillas de harina hechas ahí mismo, acompañadas de agua de jamaica, café y unas ricas fresas con crema de postre, fueron el banquete que dio trague a los inquietos estómagos que luego de tanto correr, reír, subir por postes y caminar por cables, rugían por alimento.

Este complejo es una inversión familiar nos comentó Rafa, cómo se le dirigían los propios del lugar, amable ante todo momento, nuestro anfitrión mencionó a pregunta expresa, que la ocupación del lugar se da en un sesenta por ciento de personas que no son de Durango -de lo que luego nos enteraríamos qué sucede en mayor proporción de asistencia de foráneos en los parajes que luego visitaríamos- y gracias a la autopista Durango-Mazatlán, la afluencia de visitantes está logrando que mayormente los fines de semana, llegue al cien por ciento y al parecer dijo, así lo estará por lo que resta del año, aunque entresemana también hay ocupación, ésta es menor.

Lo cierto es que los duranguenses poco o en veces nada aprovechamos lo propio, rancho Sierra Otinapa Camps está a veinte, máximo treinta minutos de la ciudad capital, se llega por carretera asfaltada, es seguro, divertido, limpio y muy cómodo, y mejor personas de fuera lo visitan que duranguenses, por lo que Rafael Sarmiento, invitó a quienes tengan la inquietud de saborear la sierra con otro concepto, a que se den la oportunidad de vivir esta experiencia, de la cual, aseguró, quedarán completamente satisfechos.

Llovía y dejaba de llover, en ratos, intensa, copiosa caía el agua, en otros, gotas apenas visibles mojaban el verdoso y olor horizonte que espectador de los actos humanos tiene la bondad de recibirnos y dar todo de sí con la única solicitud, insisto, de que guardemos respeto por su conservación, acción ésta, que logran ranchos, parajes y ejidos, de la Red de Ecoturismo y el proyecto Sierra Madre.

LOS MOLINILLOS Y SAN ISIDRO.- Seis treinta de la tarde o tal vez siete, salimos del rancho Sierra Otinapa Camps, de ánimo divertido y paladar contento, “trepados” en el camión-tanque, nos dirigimos hacia el paraje Los Molinillos, con dirección a Navíos.

Al estar dentro de ese automotor, recorrer los caminos que hicimos para llegar a Molinillos, escuchar las voces de extraños y conocidos “del mundo de la reporteada” como solemos llamarlo en el argot periodístico, parecíamos un contingente que se apuraba a lo desconocido, aunque estuviéramos en inmediaciones la mayoría, de la tierra que nos vio nacer, Durango.

Al grupo de reporteros de prensa y tele, lo acompañó la representación de Comunicación Social del Ayuntamiento capitalino, comandados por Iván Soto, director del área en mención, “armados hasta los dientes” -permitiéndome el lugar común- de cámaras de video y fotográficas y micrófonos, tomando nota e imágenes de todo… de todo, suministrados de vituallas no para un pelotón sino como para una división, se trasladaban en una pick up, Ford, roja con negro, con capote de malla negra y tumba burros, la cual nos dio algunas vicisitudes en el camino. La primera sucedió a mitad de no sé dónde, clavados en la sierra, con la noche sobre nosotros, cuando el motor de ésta se calentó -cabe decir que el peso de cargo era excesivo hasta para una ocho cilindros de los noventa- y hubo que hacer una pausa, que a esas horas, con el cansancio en hombros, piernas y ojos, ya comenzaba hacer estragos en el buen ánimo que había dejado en la tropa, el lugar anterior.

Alrededor de las diez de la noche llegamos a Los Molinillos, estábamos a dos mil seiscientos metros sobre el nivel del mar, la neblina espesa, el ambiente casi frío, aunque la acogida de Marco Antonio -hijo- y Juan Antonio Mancinas -padre- rompió con todo estado de ánimo. Inmediatamente sirvieron la cena, fritangas: tacos, alitas y gorditas, y cuando los comensales creíamos que era todo, mientras nos daban la explicación del lugar, de la cocina, el par de meseros que prestos mitigaban a cada entrada y salida nuestra hambre, desfilaron con varios platos en cada mano y sobre de éstos, un corte de amplia degustación.

Cien mil hectáreas comprenden esta extensión, donde cerca de dieciséis ejidos y propiedades privadas están desarrollando centros ecoturísticos de película, y de principal y única protagonista: La Sierra Madre Occidental.

Sólo tuvimos la oportunidad de visitar dos: Los Molinillos y San Isidro. En el primero hay cuatro cabañas con capacidad hasta de nueve personas, dispuestas tan alejadas una de la otra que ni siquiera te enteras de más existencia humana aparte de la compañía, además están al noventa y cinco por ciento de la construcción de un hotel de veinte habitaciones -dieciséis dobles y cuatro suites-, con todas las comodidades para pasar una estadía digna de cualquier reserva natural de gran lujo en México y otras partes del mundo.

Ahí se realiza más que otra actividad, la caza del guajolote y el retiro para vivir días alejados, completamente alejados, de todo y de todos, sólo con la naturaleza en su máximo esplendor.

San Isidro es otra cosa, turismo rural, ahí aún se está en la construcción de otro hotel para unas ochenta personas, quienes una vez puesto en marcha podrán experimentar a modo de esparcimiento las actividades propias de la vida del campo. Cerca del mediodía del domingo, nos pusimos en marcha, sobre brecha anduvimos horas y horas, hasta llegar a un pequeño lugar de dos cabañas conocido como Sierra del Nayar -el nombre porque los propietarios son oriundos de este poblado- luego de recorrer las instalaciones del último hotel, el convoy se dirigió hacia El Salto del Agua Llovida, ahí se ubica una cascada que da una instantánea que inefable, aunque las palabras sirven además para la descripción una basta: Hermosa.

Estuvimos un par de horas, y volvimos a abordar los transportes, fue cuando casi llegando a donde nos despediríamos de los anfitriones de Los Molinillos y Sierra del Nayar, la Ford nos dio otro contratiempo, la chanta trasera izquierda cedió contra la naturaleza, una piedra se hundió cual navaja sobre la cara del neumático y las maniobras para desmontarla y cambiarla llevaron más minutos de lo que se puede considerar que tardaría el cambio de una llanta ponchada; afuera todo es diferente.

PARAJE DE MELCHOR.- Al fin, pusimos de nuevo ruedas sobre tierra, y nos adentramos más a la sierra, hasta llegar a la última estación de abastecimiento y observación, Paraje de Melchor, en ejido Agustín Melchor. Complejo ecoturístico de poco menos de una decena de cabañas que ofrece principalmente el senderismo, la pesca de truchas y la relajación inherente que da la naturaleza. Daniela Torres, comisaria de este ejido y presidenta de la Red de Ecoturismo del Estado, encabezó la recepción, con más de las atenciones, el plato consistió en una trucha sacada de ahí mismo, verduras al vapor -lo primero y único verde que comimos en todo el periplo, bueno, salvo las gorditas de maíz verde, aunque de éstas sólo el color lo refería-, arroz y agua de jamaica, una breve explicación de este lugar, ya que la llovizna y el cansancio no permitió otra cosa. Cerca de las seis de la tarde, emprendimos el retorno, para Durango nos esperaban dos horas de camino, una sobre terracería y otra en pavimento.

Turismo de ecología

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Jessica Ortiz Guzmán

Jessica Ortiz Guzmán

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Turespacio

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